La maldición del bosque gris


He aquí la historia que cuentan de un bosque nacido entre montes lejanos, en un antaño en que se desconocía todo lo prohibido, y se temía lo desconocido. Yo estuve allí el día en que el aire puro escapó del bosque, arrastrado por el viento del olvido. Huyó el calor de la luz y la maleza abominable impuso su poder, alimentada por la oscura ignorancia. Fue desde entonces que los espinos salvajes extendieron sus larguiruchos dedos por todo el bosque, creciendo imparables a su voluntad y sin medida. Abrazando la corteza de aquellos árboles gigantescos, robles centenarios, hayas y antiguas encinas. Zigzagueando entre setas muertas treparon las zarzas por aquellas retorcidas columnas de corteza, colgando luego de las ramas hasta llegar de nuevo al suelo inerte. Inundados pues quedaron los espacios entre hojas y espinas. Como si de un universo de miles y miles de nudos entremezclados se tratara, tejido quedó el techo de un verde oscuro, cubriendo entre hiedra las miradas que, alguna vez, levantaron se desconcertadas hacia el cielo. Escudriñando entre hojas prietas. Buscando una pista de nubes o un pedazo de color azul. Lo llamaron: el bosque gris.

Mitos y leyendas hablaban de dragones, criaturas feroces, hechizos crueles… Sin embargo nunca se escucharon palabras, escritas o cantadas, describiendo alguna flor; el viento sobre los valles; el paso de un doncella… Solamente los perdidos se adentraban en aquella selva maldita, pues ni el mas severo castigo osaría conducir en aquel lugar a un hombre condenado, por muy bravo que fuera su corazón, para penetrar en lo impenetrable. Ningún escudo, ninguna espada podía irrumpir en el bosque gris. Sus anchas raíces. Sus frías noches. El lamento del viento que escapaba al exterior. Las ramas tupidas ahogando los rayos del sol. Las grullas en verano que pasaban a lo lejos sin demora y apretando el vuelo. Las gotas de lluvia quedaban colgadas a lo alto, esperando secarse lejos del suelo. Y así, como en un antaño lleno de claros y prados abiertos, nunca volvió a ser la vida como antes. La oscuridad reinó con plenitud en el viejo bosque, lejos de aquí en alguna parte, entre viejos robles.

Muchos días pasaron y muchos meses anduvieron tras los años sin recuerdo, volviéndose cada vez más abrupto el paisaje. La esperanza parecía esquivar aquel lugar olvidado por el tiempo. Nada cambiaba en sus adentros. Todas las bestias y los hombres que vivían lo bastante cerca como para saber que tenían que temerlo, nacieron y murieron, durante siglos, totalmente ajenos. Sin apenas conocer una palabra que describiera algún rincón en sus adentros. Pues sin sendero ni valiente que atravesara aquellas murallas afiladas con espinas, maldito quedó el bosque de por vida.